EQUADOR
Ricard Castells
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Dejar las viñetas en silencio es una decisión que acaso tendrá sus detractores, pero es así como parece ser que dibujaba el autor; sin tregua. Él consiguió traducir o trasladar el silencio al papel, utilizó como pulso e impulso una línea, y luego, o mientras tanto, nos dejó el color como único movimiento. Así lo recuerdan varios de sus amigos, como Antoni Garcés, que tantos consejos aportó a esta edición. Así lo vivió Marta Cano después, en otras obras, en otros trabajos; y ahí, más silencio todavía. Así lo rememoran también en varios textos para esta edición homenaje, transcurridos diez años del definitivo adiós de Ricard Castells. Y sí parecen todos coincidir en plasmar un susurrado recuerdo, como para no espantar al ciervo..., o al bosque intenso. “Quiso ser comercial”, cedió en algunos aspectos y comprobó que el resultado en nada alteraba su esencia... La suya. O reúne y ordena los vacíos a su alrededor. O bien intenta lo que él supone que es ser comercial, y de inmediato abandona la idea como si dejara caer cinco cascarillas en un andén. Lo comercial acaso era obtener una aprobación –cosa que jamás necesito-, y conseguir que un puñado de páginas fueran cosidas a un lomo y a un isebene; sería comprado y terminaría en un escritorio, en una balda o apretujado en un cajón, en el mejor de los casos. Pero aquí está Equador dentro de la colección Crepúsculo, un espacio que con seguridad se irá definiendo mes tras mes, y que es posible que se convierta en una colección recuperadora de la obra detenida en el tiempo, o por el tiempo. Es complejo saber qué y cómo entendía Ricard, o cuál era el susurro interno de las palabras que él decidió utilizar... Pero en este Equador lo que sí hay, en el estricto sentido de contenido, al margen de guiones y de textos, es toda una codificación. Y tanto en estas páginas como en otras historietas, deja infinidad de avisos ocultos y desvaídas figuras camufladas. En un ejemplo (uno sólo, pues podrían darse cientos), y que ocurre en la ilustración que acompaña al texto de Marta Cano (una historia conjunta de ambos, Alcom y el vuelo de las aves hacia Ubu), un niño sobre la nieve luce acaso una pelliza, y ahí, en esa capita, Ricard deja escrito, figurando letras impresas, o como collage con fragmentos del párrafo de un libro, y con lectura en espejo: “... suficiente... es incluso... anárquicos... hombres...” Lo mismo podemos encontrar a lo largo de su obra ya publicada, si se buscara, si hubiera tiempo... Ricard tenía veinticinco años cuando se sienta ante la primera página de Equador y se hace esas preguntas que luego serán respuesta, y no volverá sobre sus pasos ni mirará siquiera hacia atrás, y, de hacerlo, las cascarillas serán ya el recuerdo de algo que tuvo sonido de caída... O no. O Equador fue un laboratorio en el que lo ensayó prácticamente todo. Nos presenta un globo que parece o quiere avanzar hacia nosotros, lo muestra inmenso o pleno, hace un guiño y queda como ilustración de cubierta para este libro. Ahí Ricard nos regala el inicio y el final de lo que será su obra, porque alrededor ya están las brumas de Aguirre, y un aviso de Poco –desvanecido-, y los contrastes de Dos estados y una unión y el abordaje de Araia. También, dentro del globo, apunta lo que será su último libro, Huracán, viajando ya con sus azules, de tormenta, y con su oscuridad dentro; de naufragio sin pecios. El siguiente regalo de Ricard, a modo de aviso y de datación, es su propio diario, Insurrecció del Temps (1973-2002), escrito en catalán, en un albarán de pedidos de la fábrica de tejidos de algodón, Agustín Camprodon Gobern, un farmacéutico que hacia 1955 patenta un procedimiento para el apresto y acabado de aquellos tejidos. 1955 es el año en el que nace Ricard, y el diario lo inicia en 1973, el día treinta de enero: « ... Jonathan Harker, inspirado en Drácula’s Guest, de Bram Stoker. 7 págs. 2.100 cobradas». Escribió esa primera frase a los dieciocho años, y mantuvo la constancia de apuntar y describir ese otro boceto que es hoy un acta que informa y avisa. Quizá, para algunos, lo más destacable sean los nombres, la distancia entre los meses, el abismo de los años, pero más aún sorprende la cantidad de trabajos inéditos, aunque completos y cerrados que abordó Castells. Quiso con esto decir, acaso, que cada autor es y será siempre dueño de su obra, desde el principio hasta cualquier final; que cada autor debe finalizar aquello que decida comenzar, pues cada trabajo pasa a ser una molécula de su propia estructura y de su evolución; que todo es un tránsito que debe suceder al margen de líneas editoriales, ediciones, éxitos, fracasos. Y que sólo completando lo iniciado se impide el convertirse en un pecio, desierto. Cada autor de los escritos de este homenaje va acompañado, y de la mano, de un fragmento de este diario y especial legado de Ricard Castells; estructura aquellos días, deja la primera y última palabra, despeja nieblas, camina cuestas y pendientes pronunciadas... Y nos sobrevuela. K. Taylhardat / P. Camarasa Pina
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